domingo, 27 de noviembre de 2016

Capítulo 1

Lo prometido es deuda, aunque retraso, aquí os traigo el primer capítulo de la historia. Me hace ilusión compartirla con ustedes.

Capítulo 1
Llevo media hora mirando la hoja del examen, sin escribir nada. Pero tengo que terminarlo y largarme de este lugar en el avión. Suspiro y obligo a mi mente a concentrarse para terminarlo y con buena nota.
Quince minutos más tarde me encuentro entregándole la hoja al profesor y abandonando la clase. Sin embargo, al salir me encuentro a mi mejor amigo, apoyado en la pared y cruzado de brazos.
—Por un momento creí que no ibas a salir—me dice con una sonrisa burlona bailando en sus labios.
—Por un momento…—empiezo con su mismo tono—yo he pensado lo mismo.
—Pues, Cenicienta, es hora de irnos. Tu carruaje está esperando—dice guasón, le pongo los ojos en blanco.
—Vayamos, chico impaciente—ahora soy yo la que le mete prisa, tirándole del brazo.
—Chico impaciente no, príncipe encantador.
—Si tú eres un  príncipe encantador, yo…
—¡Ethan!—grita una irritante voz femenina, interrumpiéndome.
—Dime, Bárbara—se detiene de golpe y me agarra del brazo para evitar mi caída.
—¿Vas a venir a la fiesta para celebrar que acabamos?—bate sus pestañas mientras yo fulmino con la mirada a mi amigo por detenerse tan bruscamente.
—Me temo que no—me mira y luego vuelve a centrar su atención en ella—esta señorita, me tiene secuestrado.
—Es una pena—le hace un ridículo puchero, ruedo los ojos con aburrimiento.
—De hecho—sonrío lentamente mientras la idea se fragua en mi cabeza—claro que iremos. No podemos dejar al equipo a merced de tantas víboras.
—Genial—se pone de puntillas y le da un beso en la mejilla a mi amigo—nos veremos esta noche entonces.
—Seguro, contesta mirando su móvil, sonrío ampliamente, luego vuelve a centrar su atención en ella—ahora me marcho junto a esta señorita.
Se gira y me pilla sonriendo como el gato de Alicia en el País de las Maravillas. En un movimiento rápido, me sujeta de las piernas y me echa sobre su hombro como un saco de patatas.
—Príncipe encantador y una mierda—mascullo golpeando su hombro para que me deje en el suelo—eres un neandertal.
Él simplemente se ríe mientras salimos del recinto, pero en vez de dirigirse hacia el aparcamiento va hacia el gimnasio.
—¿A dónde vamos, neandertal?
—Cómo has tardado tanto en hacer el examen, llegamos tarde al último entrenamiento—me da una palmada en el culo.
—¡Oye! Controla tus manos si no quieres que te las corte—le amenazo tirándole de la oreja para darle más énfasis—y es mentira, hoy no teníamos entrenamiento.
—Me acaban de avisar mientras estábamos con Bárbara, y aprende a compórtate, diablillo—le doy de nuevo en el hombro.
—Me sé comportar…cuando es necesario.
Hago un mohín aunque sé que no puede verme, pero sonrío al pensar en mi pequeña trastada. Meto las manos en los bolsillos traseros de sus jeans y le pego un pellizco.
—¡Hey! Nada de pellizcos, aunque si tantas ganas tienes de tocarme el culo…—se encoge de hombros, sacudiéndome en el proceso—adelante.
—¡Eres un tarado!
Justo cuando le grito eso, entramos en el gimnasio y todos se nos quedan mirando. Tony que estaba junto al entrenador suelta una carcajada seguido del resto.
—Ya te decía yo que esto estaba demasiado tranquilo—dice Tony mientras se acerca con el entrenador.
—Es culpa de Ethan, no me baja—le pego otro pellizco, con más fuerza.
—Deja de pegarme, diablillo—me sacude como si fuera un saco de patatas.
Tony rodea a Ethan para verme y rompe a reír nuevamente al comprobar como estoy. Saco una mano del bolsillo y le doy una colleja antes de que se aleja carcajeándose.
—¡Tendrías que ayudarme, mala persona!
—Lo siento, pero estás muy graciosa.
—Ethan baja a la señorita, anda—le palmea el hombro y yo le lanzo un beso.
Ethan me baja con cuidado de su hombro y me posa en el suelo, pero sin soltarme del todo. Me tiene retenida por los hombros.
—Déjame ir a cambiarme—me sacudo los hombros para librarme de su agarre.
—No, no, diablillo—me sonríe malicioso—antes tengo que hacer un anuncio.
—Puedes hacerlo sin mí—le refuto frunciendo el ceño, con desconfianza.
—Chicos, aquí nuestro diablillo, le ha dicho a Bárbara que estaremos en la fiesta—hace una pausa dramática—Juntos.
Se oye un coro de quejas, sobre todo por habérselo dicho a ella, la mayor cotilla del campus. Mierda pienso mientras todos me fulminan con la mirada. Dejo caer la mochila y le doy el móvil a Ethan, que me libera de su agarre.
—Corre, diablillo—me susurra mientras recoge mi mochila.
—Traidor—le digo antes de salir disparada hacia la puerta de salida de la cancha.
Justo cuando voy a salir, alguien entra alguien y, literalmente, colapso contra su cuerpo, pero no caigo porque consigue sujetarme a tiempo. Miro hacia arriba y descubro que es el capitán, Dake.
—¿Qué has hecho ahora, diablillo?
—¿Yo?—resoplo divertida—Nada. ¿Cómo puedes pensar tan mal?—le sonrío angelicalmente.
—Estabas huyendo como una bala y el equipo iba a ir tras de ti, así que responde.
—Le ha dicho a Bárbara que vamos a ir todos juntos a la fiesta—dice uno fulminándome con la mirada.
—Tsk, tsk—chasquea la lengua a la vez que niega con la cabeza, suelta la bolsa de deporte—Eso no está nada bien. No aprendes, diablillo.
—No hice nada, fue culpa de Ethan—pongo la mejor cara de niña buena.
—Perdona, no hice nada, solo me pare con ella por educación, enana.
—Creo que te mereces un pequeño castigo por la jugarreta, ¿verdad chicos?—como todos asienten, me echa sobre su hombro tal cual saco.
—¡Bájame, no soy un saco de patatas!—pataleo, pero afianza su sujeción en mis piernas y sale del gimnasio—no puedes salir así por el campus, no conmigo.
—Claro que puedo, diablillo—me sacude como si no pesara nada—¿tienes el móvil en los bolsillos?
—Lo tiene Ethan guardado.
—Perfecto porque vamos a ir a darnos un baño, hace calor—me palmea una pierna riendo.
—No hace calor, estamos en diciembre, tarado y ¡no, no, no! Por favor, Dake—suplico golpeando su espalda.
—Lo siento, diablillo. Pero nos has condenado y como el Diablo, te convertirás en un ángel caído, pero en el agua de la piscina cubierta.
—Entrenador ¿no piensa decir nada? Tenemos que entrenar—digo mientras lo busco con la mirada y jugando mi última baza.
—Solo estáis vosotros, los de primero y segundo no entrenan ya.
—Lo teníais todo planeado—exclamo cuando las piezas encajan.
—Sabíamos que harías alguna de las tuyas, por lo que pedimos la piscina—dice tan tranquilo Josh, caminando detrás de mí.
—¡Mierda! Por lo menos ayúdeme, soy la única chica entre tanta testosterona—le suplico mirándolo con una carita de cachorrito.
—Lo siento, diablillo, no puedo hacer nada.
Dake se da la vuelta fulmino a Mark, que solo sonríe y se encoge los hombros. Sigo protestando el resto de camino hasta la piscina, aunque la suerte es que no nos hemos cruzado con nadie. Menos mal que hoy me ha dado por llevar un top deportivo bajo la camisa por si prefería llevar la camisa abierta.
—Bueno, diablilla, es hora de pagar tu trastada.
—Me la voy a cobrar, que lo sepas, Dake Baker—le advierto clavándole un dedo en la cintura—y espero que os lo paséis bien en la fiesta.
—Claro, pero tú también irás—me levanta de su hombro, como si no pesara nada, y me coge como un bebé—Hay que llevar parejas y tú serás la nuestra.
—No. Ni loca, y menos con todos vosotros—digo sacudiendo la cabeza, frenéticamente.
—Serás la envidia de todas—dice Peter, sonriendo socarrón—además tendrás a 10 chicos guapos como tus acompañantes.
—Acompañantes… ¡ja! Eso no hay quien se lo crea. Más bien como guardaespaldas o matones—me cruzo de brazos, farfullando por lo bajo.
—También. Aunque eso lo consideran las chicas caliente.
Pongo los ojos en blanco y antes de poder responder, Dake salta al agua. Estalla en carcajadas al verme chorreando, le doy un puñetazo en el hombro antes de salirme de la piscina. Estrujo mi camisa, viendo que es una causa perdida me la quito y me quedo con el top. La lanzo con fuerza al banco, donde sé que no se mojara…mucho más.
—¡Si quieres seguir desnudándote, por nosotros no te cortes!—grita Josh, riendo.
—Venga diablilla, no te enfades conmigo—me dice Tony mientras me abraza por la espalda—sabes que estamos de broma y que lo que has hecho ha sido una jugarreta.
—Primero, os la debía por lo de la discoteca—me suelto y lo encaro—y segundo ¡no me voy a desnudar!—le grito a Josh.
—Solo te protegimos de ese capullo—se encoge de hombros y se oye el murmuro de asentimiento de los demás.
Oigo unos pasos rápidos a mi espalda, provenientes de la entrada y al girarme me quedo con la boca abierta. Mark corre en mi dirección, el jodido está bastante bien, se nota que entrena mucho para mantenerse en forma. Lo gracioso es que solo tiene 4 años más que nosotros.
Solo me da tiempo a engancharme a él, como si fuera un salvavidas, brazos enrollados en su cuello y piernas en su cintura; cuando me coge en brazos. En cuestión de segundos he caído al agua y salido a la superficie, enganchada como un koala a Mark y jadeando en busca de aire, mientras mi corazón late desbocado del sobresalto.
—¡Vaya, Mark, sí que estás en forma!—suelta guasón Toby.
—Yo que pensaba que nos mandaba a correr porque él no podía—bromea Ethan cerca.
—No os enteráis, chicos—Tony sacude la cabeza, divertido como si fuera algo obvio—se ha estado reservando para algún momento parecido a este y sorprender a nuestra diablita, por falta de más chicas.
—Te respondería una bordería, pero no me he recuperado del susto—le suelto, mirándolo—aunque por ahora me quedo con el entrenador—le doy mi sonrisa torcida acompañada de un sonrisa maliciosa.
Cierro los ojos y vuelvo a apoyar la cabeza en el hombro de Mark con una sonrisilla en mi cara. Él aprieta los brazos en torno a mí y me da unos golpecitos con el dedo en la cintura.
—¿No te dan pena?
—Ni un poquito—le respondo en un susurro—Alguien tiene que bajarles un poco su gran ego.
—El apodo te viene como anillo al dedo—suelta una carcajada.
—Lo sé…—antes de completar la frase otros brazos me atrapan—¡Oye!
—Él te ha acaparado ya mucho rato. Ahora nos toca a nosotros—dice Josh, quién me ha quitado de los brazos de Mark.
Durante la siguiente hora, estuvimos de broma y a ratos pasándome como si fuera un balón o algo por el estilo, a pesar de mis protestas. Misteriosamente, todos tienen un bañador para ponerse y también yo, así que mis queridos amigos ya tenían todo planeado y solo han usado lo otro de excusa. Me divierto bastante con ellos, me tratan como a uno más y nos gastamos bromas, aunque algunas no tienen ningún sentido.
—¡Vamos a darle un abrazo de testosterona a nuestra diablilla!—sugiera Mark junto a Tony, mientras sonríen como niños antes de hacer una trastada.
—¡No! ¡Sí!—gritamos todos a la vez.
Todos se aproximan nadando y cuando están a punto de dar un gran abrazo me hundo. Escapo buceando hasta el bordillo de la piscina. Respiro aliviada hasta que unos brazos me rodean por la espalda, sobresaltándome.
—Veo que te has escaqueado, diablilla—me tranquilizo al saber que es Ethan.
—Sí, era demasiado músculo para mi pequeño cuerpo—me giro y lo abrazo de pies y manos.
—De pequeño tiene poco aunque comparado con nosotros…sí, eres una renacuaja.
—Renacuaja tu…—me tapa la boca no entiendose lo que digo.
—Eso no es para nada pequeña, aunque si quieres podemos comprobarlo, pequeña incitadora y bribona—me atrapa entre la pared de la piscina y su cuerpo.
—También puedo darte una patada y verás—sonrío lenta, maliciosa y juguetonamente.
—Pero para mí no es placentera—me presiona más, confirmando su punto.
—¡Socorro! Me quiere violar—grito de pronto, antes de solar una risilla.
Todos se giran sobresaltados por mi grito, luego comienzan a acercarse, lentamente, hasta pararse a un par de metros nuestra. Se cruzan de brazos enarcando una ceja y se nos quedan mirando.
—¿No vais a ayudarme?
—Preferimos mirar—dicen divertidos, sin moverse—además, huiste de nuestro abrazo.
—¡Pervertidos!—exclamo con fingido enfado.
Tras eso, seguimos haciendo el tonto en la piscina hasta que consigo escaquearme y vestirme. Ellos siguen a lo suyo por lo que ninguno nota mi ausencia en ella hasta que llego a la puerta de salida.
—¡Chicos, pasadlo genial esta noche!—les grito y salgo corriendo hacia el aparcamiento.
Una vez en mi coche estallo en carcajadas al imaginar la cara que van a poner esta noche cuando vayan al baile. Porque yo tengo claro que ni loca pienso ir allí, prefiero quedarme en casa. El camino hacia mi hogar lo paso escuchando música.
****
Horas más tarde…
De pronto, suena el timbre de mi casa, miro la hora extrañada ya que no espero a nadie a las once de la noche. Abro la puerta y me quedo con la boca abierta, literalmente. En mi puerta están mis compañeros de equipo con  sus trajes y una sonrisa que no augura nada bueno.
—¿Qué hacéis aquí?
—Hemos venido a por ti, diablillo—me guiña un ojo Mark—Sabíamos que no ibas a venir por voluntad propia.
—¿Cómo podéis decir eso? Estaba arreglándome.
—Mentira, nos ha dicho tu madre que no pensabas ir—me lleva la contraria mi querido amigo.
—¿Cuándo has hablado con mi madre?
—Después de tu irte y además estás en pijama.
—¿Por qué?
—¿Qué, cómo por qué?—se cachondea Josh haciendo una mueca.
—¡Está bien! No pensaba ir a la dichosa fiesta de Navidad, ¿contentos?
—Perfecto—dice un sonriente Mark—ahora toca que el diablo se vista de Prada—todos comienzan a reír por la broma y la alusión a la película.
Suspirando me echo a un lado y entran los nueves a mi casa, junto con una chica que trae un maletín. Cierro la puerta y me giro para ver el panorama. Nueve chicos enormes sentados en mi sofá mirándome fijamente, igual que la chica. Parece la mafia o una panda de matones a sueldo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora vas a acompañar a esta chica hasta tu cuarto, vas a dejar que te maquille y peine para después colocarte un vestido y a la fiesta—me informa Dake, desbotonándose la chaqueta.
—Tu madre nos ha dado carta blanca para hacer lo que sea y que vengas a la fiesta, guapa—dice Ethan, adelantándose a mi pregunta.
Suspirando derrotada le indico a la chica que me siga. Si mi madre, la muy traidora, les ha dado carta blanca no puedo hacer nada.
Unas horas más tarde, maquillada peinada y con un impresionante vestido, que ha traído la muchacha, resulta que es hija de una amiga de mamá; salgo de la habitación. Me paro en lo alto de las escaleras, me da vergüenza que me vean con vestido. Como no soy una cobarde, empiezo el descenso, lento, para no caerme.
Al llegar abajo, todos tienen sus chaquetas puestas, están bien arreglados y me están esperando de pie. Doy un paso hacia ellos y se me quedan mirando fijamente. Casi intimidan, casi.
—Esto… ¿podéis dejar de mirarme así?
—Tú no eres nuestro diablillo—masculla alguno por lo bajo, pero lo suficiente alto como para enterarme.
—Oh, claro que lo soy—sonrío maliciosa—solo que la versión mejorada. Un Ángel Caído.

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Lydia

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El problema nunca fue escribir, fueron los sentimientos. Pero ¿qué haces cuando te quedas vacía? ¿Cuándo te da igual veinte que ochenta? C...